MIRADAS QUE NO MATAN…

No me gusta que me miren. Me pasa lo mismo que a Gerard. No me gusta acaparar la atención de la gente ni sentir que soy el centro de todas las miradas. Y, no sé como me las apaño, pero muy a menudo, como mi pequeño dragón, estoy justo en el sitio equivocado: en primera línea.

Este domingo organizamos la fiesta de cumpleaños de Gerard. Lo celebramos junto a su ‘más mejor amigo’, Nil. Reunimos a unos cuantos niños en un chiquipark. Esta vez iba de saltar y merendar pizza. Plan perfecto.

No faltó ningún invitado, es de agradecer. Se hacen muy pesados los fines de semana con fiestas infantiles, te rompe cualquier plan de irte fuera, que es lo que más ansiamos los que somos de un pueblo chiquitín y vivimos enjaulados en grandes ciudades. Vino Sofía, Helena, Víctor, Arnau, Roc… Y también vinieron los respectivos padres.

Me llevo bien con los padres de la clase de Gerard, aunque es verdad que no conozco ni a la mitad de la mitad. Berta nació primera y ya no doy abasto a más relaciones sociales. Con las 25 familias de los compañeros de Berta, tengo más que suficiente. No hay tiempo. Y yo… No he sido nunca muy de corrillos ni de charlas en el parque. Y, menos aún, desde que llegó Gerard. Gerard no es del tipo de niños que sueltas en el parque y puedes sentarte a cotillear. A Gerard no le puedes perder de vista.

Los padres de los niños de la clase de Gerard no saben nada sobre él. Sólo saben lo que sus hijos cuentan y, la verdad, no tengo mucha curiosidad. No saben y no tienen porqué saber. No es que quiera esconder nada. Y, por supuesto, no hay nada que me avergüence, sino todo lo contrario. Pero he decidido que no quiero que le pongan etiquetas. No quiero que viertan sobre él ninguna clase de miradas, que no matan pero hieren.

Este domingo Gerard tomó sus vitaminas. Pasamos la mañana fenomenal y después de comer nos fuimos a su fiesta. Llegamos unos minutos antes de que abrieran. Mientras esperábamos empezaron a llegar los invitados con los respectivos progenitores. Mi dragón estaba eufórico. No existe en el mundo ‘vitamina’ que consiga que un niño no esté pasado de revoluciones el día de la fiesta de su cumpleaños. Gerard estaba especialmente intenso. Corría por la acera de un lado para otro, saltaba sin parar… Y, de repente, me di cuenta. Conozco esas miradas. Huelo a distancia la reprobación que hay en ellas. Siento el rechazo. Descifro las miradas de lástima. Si pudiera leer las mentes, conocería la sentencia del juicio.

Seguimos sin aceptar que no todos somos iguales. Seguimos juzgando al que no encaja. Seguimos discriminado al que es diferente. Tal vez si supieran más sobre Gerard, serían capaces de ver la magia que esconde su risa cuando se dispara. Su alegría al dar cada salto… No les culpo. Yo, en su lugar, tal vez, haría lo mismo. En realidad, hasta que un médico nos plantó la palabra TDAH en las narices, nosotros estábamos en el mismo lado que estaban los padres de los niños invitados al cumpleaños. No sabíamos leer la risa de sus ojos… Y, además y para colmo, nos sentíamos culpables. Algo estábamos haciendo mal. Nosotros y, sobretodo, los que nos juzgaban con sus miradas. Esas miradas inquisidoras, que duelen, pero no matan.

Por un momento estuve tentada de explicar el historial médico de Gerard. No tengo claro aún si quería justificarlo a él o a mí… Entonces me avergoncé a mi misma. Mi dragón es mucho más que un trastorno. Decidí que no me daba la gana que su carta de presentación fueran cuatro siglas, TDAH. Así, contra todo pronóstico, alcé la vista y sonreí, enseñé cada uno de mis dientes apiñados y les miré, uno a uno… Con cierto desdén. Creo que los más listos se dieron cuenta. Insisto, a una madre de dragones no se la puede someter ni, mucho menos, intimidar.

La fiesta estuvo genial. Los niños lo pasaron bomba. Especialmente Gerardo Petardo y Nil. Les regalaron una camiseta del Barça muy chula. Las madres estuvieron encantadoras. Yo también lo fuí, incluso las invité a café. Todos volvimos al lugar que nos correspondía. Al fin y al cabo, somos semejantes… Padres y madres, trabajadores, a veces buenos, otras menos buenos, imperfectos… Y, en definitiva, en constante proceso de aprendizaje.

Al terminar, les pedí a mi dragón y a su hermana que fueran a dar las gracias por todo a los invitados. Estaban los dos exhaustos y muy sudados. Me quedé unos pasos atrás. Los padres estaban sorprendidos de esa muestra de agradecimiento, no estarian acostumbrados. Los miraron mucho, si… Pero de otra manera. Saludé desde lejos, pues ahora era mi turno… Me miraban a mi. Notaba las miradas de cada uno de ellos. Ya no había ni rastro de desaprobación. Sonreí de nuevo, está vez procurando esconder los dientes y, me di la vuelta, orgullosa de mis dragones y de mi.

De camino a casa, los miraba por el retrovisor. Se habían dormido, ya estaban a salvo, sólo los miraba yo. No me cansaré nunca de mirarlos cuando duermen… Tan tranquilos, me contagian su paz.

No me gusta que me miren, prefiero observar. No me gusta ser el centro de atención. Una cosa es lo que ve la gente cuando te mira y la otra es lo que buscan cuando lo hacen. Eso es justamente lo que me molesta. Siento que andan detrás de algo más… Y si lo encontraran, se darian cuenta de que me rio pero también sufro, de que soy fuerte pero a la vez frágil. De que tengo mucha ilusión, pero a veces miedo.Y, de que hablo mucho, mucho… Pero callo más.

Mamá Petardo

YA TENGO SIETE AÑOS

El otro día fue mi cumpleaños. Me encanta el día de mi aniversario! Me dejan mandar durante todo el día. Y todos tenemos que hacer lo que yo quiera. Quise ir a comer al McDonald’s y al cine a ver la peli de ‘Cómo entrenar a tu dragón 3’.

Por ser ‘mi día’ mis papás decidieron que pasaríamos el día juntos los cuatro. Mi papá, mi mamá, Berta y yo. Me pareció una estupidez. Ya le dije a mi papá que me parecía una grandísima tontería ir los cuatro. No se han separado? Pues los separados no comen juntos, pienso yo. No me hicieron ningún caso y eso que el día de mi cumple mandaba yo. Creo que ahora mismo voy a protestar.

Por la mañana mi mamá había preparado la cocina llena de regalitos y había puesto un globo muy bonito con el número siete. Cuando me levanté y vi la cocina adornada, me hizo muchísima ilusión. Mi mamá nos preparó tortitas con Nutella, mi desayuno favorito. Pusimos 7 velas y soplamos Berta y yo. También me pusieron una corona. No me hizo mucha gracia que me pusieran algo en la cabeza, pero estábamos en casa con Berta y con mamá, allí no me da vergüenza disfrazarme, aunque preferiría no hacerlo. Me regalaron muchas cosas. Tal vez, la que más me gustó fueron unos prismáticos y un telescopio. Sigo dándole vueltas al asunto de ser astronauta y necesito conocer mejor el cielo.

Por ser mi cumpleaños no me libré de las vitaminas. Cuando acabé de soplar y de abrir los regalos, mi mamá estaba allí, con el vasito con agua y con la pastilla verde y blanca como cada día. Y la tomé sin rechistar, como cada mañana.

Tengo que reconocer que estas vitaminas están empezando a funcionar. Desde que las tomo leo mejor y más rápido. Además, he descubierto que me encanta leer ! Mi mamá me regaló un libro de dragones. Lo he leído todo cuatro veces. Yo solito. El otro día Martí, mi profesor, me felicitó delante de todos. Hice todas las tareas sin levantarme ni una sola vez y me salieron bien a la primera. Lo mejor, que no me puse nervioso ni un segundo sentado en la silla. También Olivia, el otro día se puso ‘requetecontenta’, me abrazó ( que no suele hacerlo ) y me dió tres ‘sugus’ naranjas, eso si que fue grande! Puede que el doctor Tosas tenga razón… Espero que estas vitaminas no se acaben nunca!

Durante la comida mi mamá y mi papá hablaron mucho y se rieron. Me dió lástima verlos juntos, como si no hubiera pasado nada, cuando en realidad ha pasado todo. Me levanté de mi silla y les abracé muy fuerte a los dos a la vez. Ellos me abrazaron a mi y me besaron. Creo que, por esta vez, no protestaré. Me gusta que mis papás sean amigos y se rian. Me gusta más que verlos llorar, aunque sea de alegría.

Después de comer nos fuimos al cine. Mi mamá se sentó a mi lado. Como era de esperar, al final de la película, se puso a llorar. Lo hace muy a menudo cuando vamos al cine. Berta y yo nos reímos. Creo que en el cine no llora nadie más que ella! La que más llora de mi casa es mi mamá. Llora de pena, llora de alegría, llora hasta cuando se ríe… Yo la llamo ‘mandalena blava’, que significa madalena azul. Estoy leyendo un libro que cuenta que el color azul es el de la tristeza. Cuando la llamo así, se ríe y me hace un montón de cosquillas. Pero en realidad, no me gusta nada ver llorar a mi mamá.

Cuando mi mamá llora siento un vació en la barriga. Cuando la veo triste tengo miedo. Mi mamá es como Dumbledore, es la directora de nuestra casa y la bruja más buena que jamás se haya visto! Mi mamá es fuerte, mi mamá cuida de nosotros, mi mamá arregla cosas y muchas veces hace magia. Cuando la veo triste o preocupada, cuando no se ríe como siempre, me asusta que se vaya la magia, me da miedo que no vuelva su sonrisa y su cara de china.

Por suerte para ella, estamos Berta y yo. Tal vez somos un poco Muggles, pero tenemos el poder de devolverle la sonrisa. A veces con un abrazo, a veces con nuestras risas, a veces con un simple besito de mariposa… Y cuando conseguimos que se ría de nuevo, de repente vuelve la magia y yo… Soy feliz.

Gerardo Petardo

SOY BERTA, NO SOY PETARDO, PERO ME ENCANTA HABLAR…

Me llamo Berta, tengo casi 10 años. Estoy esperando a tener 12 para ver si me compran un móvil, para mi sola, de una vez por todas. Estoy en 4º de Primaria y las notas no me van mal, no suspendo ni una, pero todo el mundo dice que me debo esforzar más, que soy niña de excelentes. No me gusta que me digan ésto. No es que no me esfuerce… El tema es, que me aburro. Me cansa que en el colegio nos hablen como si fuéramos de parvulario, me resulta muy pesado que repitan las cosas tantas veces… Me parece todo demasiado ‘obvio’, me encanta esta palabra. Entonces, pierdo interés. Tengo muchas amigas, pero con la que más me gusta estar es con mi amiga Ana. Ella no suele llevarme nunca la contraria. Me gusta patinar, estudio chino mandarín, me encanta hablar ( a poder ser con los adultos ), me chifla leer y, si pudiera y tuviera móvil propio, me pasaría el día entero haciendo vídeos con el ‘TikTok’. Vivo entre dos casas y lo único que se muda conmigo es mi hermano Gerard.

Quiero a Gerard más que a ninguna otra cosa en el mundo. Lo único que pasa es que Gerard ha alterado mi mundo. Desde que Gerard nació, las cosas cambiaron un poco. Y, más aún, después del accidente. Gerard no sabe estar tranquilo, no soporta estar quieto. A Gerard no le gusta jugar conmigo. Empezamos cualquier juego y al rato se cansa. Gerard se mueve mucho y toca mucho todo. A veces me molesta tanto movimiento. Entonces pierdo la paciencia y le pego o le grito. Al minuto ya está mamá, que es más rápida que el viento, y me cae una buena. Me parece tan injusto que siempre me regañen a mi… Es verdad que no debo de pegarle, pero muchas veces no me dejan ni explicar qué hizo Gerard primero. Hace un tiempo pensaba que esta injusticia se debía al orden de nacimiento. Pensé que los hermanos pequeños se portan mal por ser pequeños. Estaba convencida que por tener menos años no sabían estar quietos, ni jugar, ni podían parar de tocar.

El otro día mamá me contó algo que dio un poco de sentido a todo. Me lo contó a solas, sin Gerard, y me sentí muy importante. Resulta que Gerard lleva unos días tomando unas pastillas. Mamá contó que eran vitaminas. Quise saber para qué eran exactamente esas ‘vitaminas’ y mamá me dijo que eran para la cabeza. Empecé a preguntar más y mamá me susurró que me lo contaría a solas. Se le debió olvidar… Mamá olvida las cosas muy a menudo, yo siempre se las recuerdo. Dice mamá que soy su secretaria y, a una secretaria, nunca se le olvida nada. Por la noche insistí y mamá me explicó que Gerard tiene una cosa que se llama TDAH. No es una enfermedad, dijo. Es un trastorno. No sé muy bien qué diferencia hay. Se ve que el pobre no puede evitar moverse tanto. También le cuesta mucho leer y concentrarse (ya decía yo… No puedo hablar mucho rato seguido con él, siempre me deja a medias). Quise saber si con las pastillas se curaría. Mamá dijo que no, pero que las pastillas y las visitas a Olivia le ayudarían a hacer ‘vida normal’. Pregunté si se podía morir. Mamá dijo que no y se echó a reír. Menuda la gracia! No soporto ver sufrir a Gerard… Una vez se abrió la boca, salió muchísima sangre… Mientras lo llevaron al hospital lloré horrores. Lloré y vomité, lo segundo no lo supo nadie.

Me da un poco de lástima Gerard. A veces, sobretodo cuando no está mamá, intento cuidarle. Le ayudo a vestirse, le corto la carne… Un día quise enseñarle a leer. Lo que pasa es que se pone muy pesado y siempre acabamos peleando. Y la culpa, es siempre mía. No me parece justo que todas las veces me toque a mi. Suelo decirle a Gerard que me está arruinando la vida. No lo pienso de verdad, pero suena bien. Otras veces, trato de portarme mal para que me riñan y me hagan un poco más de caso que a él.

Creo que mamá, que es un rato lista, se ha dado cuenta de que me porto mal adrede. Ahora ha decidido que un martes al mes nos vamos ella y yo solas, de chicas. Gerard se queda con Lina, nuestra canguro. Me encantan los martes con mamá. Aunque me da pena no pasar rato con Lina, estos martes son los mejores días del mes. Mamá me lleva a merendar y a ver tiendas. Y hablamos, hablamos mucho. A las dos nos encanta. Es nuestro ratito. Aunque dure sólo una tarde.

A veces pienso la suerte que tengo de tener a Gerard. Él siempre está. Y, es verdad que, a menudo me molesta. Pero siempre me defiende. Con lo pequeñito que es, se mete con quien sea que me diga algo, no tiene miedo a nada ni a nadie. Tal vez me da un poco de envidia Gerard. Siempre tan contento, siempre tan risueño, siempre tan valiente… Y siempre a mi lado.

Últimamente, no me porto muy bien con mamá. Estoy enfadada, no sé con quién. No me gusta vivir entre dos casas. No me gusta no saber dónde están mis cosas. No me gusta ver a Mandy cada 15 días. No me gusta no estar con mi mamá semana sí semana no… A Gerard no le importa mudarse, ni vivir entre dos casas.

Estoy pensando que, si una casa es un sitio donde estar a salvo, creo que mi casa no es un lugar. Mi casa es una persona. Mi casa es Gerard.

Berta

Y SIN SABER CÓMO… TE PARTEN EL ALMA

No hay en este mundo, madre ni padre preparado para que una llamada de teléfono, estando a miles de kilómetros de su casa y de sus dragones, le informe de que su hijo de once meses está inconsciente, no responde a estímulos, se lo llevan en una ambulancia, lo ponen en una UCI pediátrica, lo entuban, tiene un hematoma subdural… Nadie está preparado para semejante crueldad. Pero a veces pasa. La vida, a menudo, nos pone entre las cuerdas y nos lleva a límites que jamás habríamos sospechado. La vida tiene esas contrariedades. Nos da infinidad de alegrías y, también, nos parte el alma.

Está a punto de llegar la fecha del aniversario que jamás hubiera deseado celebrar. Fue durante un viaje de empresa a Copenhagen. Era la primera vez que dejábamos a los niños solos. Mucho miedo, muchos nervios… Pero una necesidad vital de desconectar de la ajetreada rutina familiar que conllevan dos niños y unos trabajos agotadores. Todo estaba listo, todo perfectamente preparado. Aún recuerdo cómo preparé las papillas de Gerard… Como puse, con mucho cariño, etiquetas a cada tarrito. Recuerdo que dejé anotados todos los teléfonos de urgencias. Creo que de mi memoria jamás se borrará la imagen del papel que le dejé a su abuela con todo detallado, lo repasé y lo pasé a limpio como diez veces. Pero, sobretodo, recuerdo la última noche antes de irnos, como mecí a Gerard más de la cuenta. Como le repetí cuánto le amaba y como me asusté cuando, de repente, la idea de que quizás esa podía ser la última vez que lo tuviera en mis brazos, se apoderó de mí. Sentí frío y mucha angustia. Presagio? No creo. Creo que todas las madres, cuando pensamos en separarnos de nuestros hijos, sentimos un miedo aterrador. Aparté como pude la idea de mi mente, y los besé, mil veces. A él y a su hermana Berta.

Aterrizamos en Copenhagen.

LA LLAMADA.

La canguro llora, balbucea… el mensaje es del todo ininteligible. Sólo logro a entender que el niño está inconsciente. Me llama la farmacéutica. La canguro se ha asustado, sale de casa y suelta a Gerard en la farmacia de enfrente, donde ya nos conocen. La farmacéutica sólo alcanza a decir que respira, pero no responde. Ya han avisado a la ambulancia. Trato de convencerme de que no es un pesadilla, de que es real y de que no puedo permitirme el lujo de perder los nervios. Hablo con la ambulancia. Intentan reanimarlo, pero sigue igual. Gerard no responde a estímulos. Se le llama ‘coma’, aunque no recuerdo que mencionaran la palabra. Se lo llevan a toda prisa a la UCI pediátrica más cercana, no hay tiempo dicen. Así son los médicos, sin anestesia. Noto que me cuesta respirar. Decido gastar un poco de la batería que sé que tendré que dosificar para llamar a sus abuelos de Barcelona. Tienen que salir corriendo, hacia casa, hacia el hospital… Hacia donde sea.

Durante las 5 horas que tardó en salir el vuelo, más lo que duró en llegar el avión a Barcelona, más la hora de taxi desde el Prat hasta el Hospital de Sant Pau, toda la información es a cuenta gotas. Sin ninguna floritura, no había de donde sacarla. Cada vez que sonaba el teléfono, en mi cabeza solo había un pensamiento: que siga vivo.

Con la perspectiva que dan estos seis años que han transcurrido, empiezo a ser capaz de recordar cómo viví ese día. Me veo como en una película, como si no fuera yo… Sentada, mirando el reloj de la terminal. Deseando que pasaran los minutos y que un avión me llevara ya, de una vez por todas, con Gerard. No importaba el miedo que me dan los aviones, no importaba no comer, no importaba no beber, no importaba el mundo… No importaba yo. Sólo quería poder sostener a mi hijo una vez más y susurrarle ‘ya está, ya está’.

Al llegar al hospital, antes de poder verle, la neuróloga me advirtió de que no llorara. No prometí nada, pero entré. Allí estaba mi dragón. Dando guerra al mundo, agarrado, como sigue estando hoy, a la vida. Tan pequeño y tan frágil, se perdía en la inmensa cama de la UCI. En su pequeña manita llevaba una vía, pero ya lo habían desentubado. Parecía dormido y tranquilo. Y aunque, juro que, hubiera dado mi vida por ahorrarle todo aquello, no lloré. No cayó ni una lágrima. Ni ese día, ni los diez que estuve a su lado noche y día. En ese momento no era capaz de pensar en nada que no fuera en que se re-absorbiera el dichoso hematoma y que no tuvieran que abrirle la cabeza. No podía pensar en nada, no podía sentir nada.

Cuando te ingresan en un hospital, la vida se para. En la UCI no hay ventanas. No tienes forma de saber si es de día o de noche. Pierdes la noción del tiempo y un poco de la realidad. Tu casa son esas cuatro paredes, tu familia las enfermeras ( benditas enfermeras ). Tienes una extraña sensación de confort, allí te sientes a salvo. Pero no puedes vivir allí eternamente, aunque, tienes tanto miedo que, lo desarias.

El hematoma se re-absorbió . Nos dieron el alta el día antes del primer cumpleaños de Gerard. Nos advirtieron de que la lesión era muy dolorosa y de que el niño estaría incómodo unos cuantos días. Nos dieron medicación para evitar alguna posible crisis y nos dieron una agenda de controles médicos que había que seguir. Nos fuimos para casa y el día 18 de Abril soplamos juntos su primera velita. Gerard no estaba muy contento, le debía doler mucho la cabeza. Pero Berta y yo soplamos con él. No hice muchas fotos, no le quería marear. Pero si le prometí que todos los demás cumpleaños de su vida serían mucho mejores que ese. Aunque, a decir verdad, ese fue el más importante. Gerard había sobrevivido.

A día de hoy, si hago recuento: Gerard está muy bien. Es verdad que, le ha tocado llevar unas gafitas azules que, por cierto, le quedan fenomenal. Es verdad que, cada día tenemos que poner un parche de aviones con purpurina en su ojo izquierdo. Cierto es que, dos días a la semana le toca ir a ‘jugar’ con Olivia. Cierto es que, llevamos un par de meses con unas ‘vitaminas ‘para su TDAH… Pero aquí estamos! Y ya quedan muy poquitos días para celebrar su séptimo cumpleaños. Ya estoy dándole a la cabeza de qué locura haremos esta vez. Necesito pensar que cada cumpleaños será mejor que el anterior. Necesito acumular buenos recuerdos que me ayuden, en estas fechas, a no recordar los diez días anteriores a su primer aniversario. Necesito sentir que el universo lo va a compensar de alguna manera…

No sé si el Universo será capaz de tal hazaña, tendremos fe. Mientras, me consuela que Gerard no recuerde nada de lo que pasó, me hace feliz ver la vida como la vive él. Admiro su entusiasmo, su alegría y su manera de sobreponerse a cualquier adversidad. Tengo tanto que aprender de él aún…

Yo creo que una parte de mi se quedó para siempre en el aeropuerto de Copenhaguen. En ese aeropuerto, una llamada, me partió el alma.

Mama Petardo

‘Los Calçots’

El domingo pasado fuimos a una ‘Calçotada’. Jamás había escuchado semejante nombre. Los ‘calçots’ son como cebollas alargadas. Se ve que una vez cocinados se mojan en una salsa rara y se comen. ¡Qué asco! Mi mamá me preguntó si quería probarlos. Menuda barbaridad. No me meto un calçot en la boca ni que me maten. Berta, que siempre chulea, los probó. Escupió a velocidad máxima. Al final, Berta y yo comimos un pollo muy rico con patatas. A todos los que comían cebollas alargadas les pusieron un babero muy grande. Como me reí viendo a mi ‘tieta’ Teresa y a mi tío Marc con un babero, como si fueran bebés. ¡Vaya pintas!

Mi Tieta es guapa. Guapa no, guapísima! Tiene un bonito pelo largo, de color naranja, y muchas pecas chiquititas en la nariz. Tieta Teresa es la hermana de mi mamá, no se parecen en nada, empezando por el color del pelo. Mi tieta vive con Marc, entonces Marc es mi tío. Aunque yo sólo le llamo: Marc. Me gustan mucho Marc y mi tía. Aunque les vemos muy poquito porque viven en otra ciudad, cuando están siempre juegan conmigo y con Berta y nos llevan a hacer cosas muy divertidas. Me gusta mucho cuando vamos a su casa a jugar. Tienen una Play 4 y Marc me enseña todos sus juegos y se entretiene conmigo. Marc mola mucho, muchísimo.

Tieta Teresa y Marc tienen dos gatitos muy monos. Se llaman Bu y Rob. Pero no son muy de jugar. Cuando corro hacia ellos se esconden bajo la cama. Dice Marc que los gatos no son como los perros, se asustan si me acerco demasiado rápido. Vaya con los gatos! Como los niños de mi cole, pensaran que les quiero pegar?

Mientras estábamos con el lío de las cebollas, mi tieta dijo que nos querían dar una noticia. Ella y Marc nos soltaron que estaban esperando un bebé. Mi mamá se puso a llorar. Me asusté un poco al verla llorar, pero me dijo que era de alegría. Vaya locura. No sabía yo que la alegría también hace llorar a la gente.

La verdad que me puse muy contento, pero no lloré como mi mamá. Hacia un tiempo mi tieta también estuvo embarazada unos días. Después ya no lo estaba. Me dijo mi mamá que perdió al bebé. Me costó un poco entenderlo. No sé muy bién cómo se pierde un bebé que no estaba. Tieta Teresa y Marc estuvieron muy tristes. Yo también me puse triste, me hacía mucha ilusión ver al bebé y enseñarle mis espadas. No dije ni mu de las espadas, pero cogí el teléfono y les llamé. Les dije que no se preocuparan, que todo se arreglaría y que encontraríamos a otro bebé. Prometí que éste no se perdería, lo íbamos a vigilar mucho entre todos.

Hoy mi mamá me ha enseñado una foto del bebé. Se la ha mandado mi tieta. El bebé está nadando dentro de la barriga de su mamá. Parece que está contento. Tengo ganas de verle. Quiero saber si le gustará ver conmigo ‘ el Señor de los anillos’, si jugará a las espadas láser, si querrá compartir cromos de Fantasy Rider… Pero también tengo miedo, si queréis que os diga la verdad.

Me asusta que Tieta Teresa y Marc ya no tengan tiempo de jugar conmigo. Me asusta un poco que Marc ya no pase tiempo enseñándome su play. Me preocupa que, si está el bebé, Marc ya no me lleve a comer pizza ni juegue conmigo en la piscina.

Pero… El bebé no sabrá nadar, ni jugar a la play, ni tendrá dientes para comer pizza…

Habrá que enseñarle. Seré como Obi-Wan Kenobi. El bebé será un joven Padawan. Voy a cuidarle y a enseñarle de todo. Empezaremos por hablar, caminar, comer pizza, jugar a la play… Voy a ser su mejor maestro Jedi y jamás, jamás, dejaré que lo lleve nadie al lado oscuro.

Gerardo Petardo

CARNAVAL, NO TE QUIERO

La otra semana fue carnaval. Estuvimos toda la semana con el mismo lío. No me gusta nada que me disfracen. Me hacen sentir muy ridículo y me da mucha vergüenza. Este año me tocó ir en pijama al cole. No me parece normal, el pijama es para dormir. La única cosa buena de este carnaval ha sido que los padres no han podido venir a vernos ni a sacarnos fotos. En los otros colegios nos vestían y nos llevaban de paseo por las calles. Todos los padres, abuelos y no sé cuántas personas más nos miraban sin parar y se pasaban el rato con los móviles disparando fotos y sonriendo. No me gusta que me miren mucho ni, menos aún, que me hagan fotos.

A mi mamá le encanta fotografiarnos a Berta y a mi. Se pasa el día con el móvil sacando fotos de cualquier cosa que hacemos. También es verdad que luego me gusta ver las fotos de cuando era pequeño y que mi mamá me cuente cosas que yo ya no recuerdo.

El otro día estábamos mirando un álbum de cuando yo era un bebé. Le dije a mi mamá si los bebés no pueden llevar gafas, pues no vi las mías en ninguna foto. Mi mamá me explicó que me las pusieron a partir de los once meses, después del accidente del sofá.

Le pregunté a mi mamá más cosas sobre el accidente y si salió mucha sangre. Mamá me dijo que estaba con una canguro, que me dejó solito en el sofá y, claro, me caí. Se ve que no salió nada de sangre, que la sangre se quedó dentro de mi cabeza, en algún lugar peligroso que no tocaba. Luego la ambulancia, el hospital… Pero yo no recuerdo nada, aunque me gusta que mi mamá me lo cuente. A ver si esto va a ser otra pista del porqué de las dichosas vitaminas… De todas formas, a quién se le ocurre dejar a un bebé solo en el sofá?

Por suerte a esa canguro tan tonta no la he visto más. Ahora tengo otra canguro, se llama Lina. En realidad su nombre es Rosalina. Me parece un nombre muy especial, es nombre de princesa. Lina es como una princesa. Una princesa un poco diferente. Tal vez es una hada. Lina es guapa a rabiar, pero me da vergüenza decírselo. No es rubia, tiene un pelo largo de color negro y naranja oscuro, me resulta muy bonito. Lina casi nunca lleva vestidos, usa pantalones, a veces con las rodillas rotas… Quizás no sabe coser. Le diré a mi amigo LLuc, que cose fenomenal, que le enseñe. Lina no es como las princesas de las películas que le gustan a Berta, las muy bobas no saben hacer casi nada. Lina es muy lista y sabe hacer de todo. Juega conmigo al Monopoly. Se le da bien pero siempre la gano. Luego me da pena y le perdono dinero cuando no le quedan billetes, así la partida dura más. Creo que habrá que explicárselo más a poquito. También echa carreras conmigo a la Wii. La pobre no se aclara con el mando. Me encanta como se ríe cuando jugamos juntos a Mario Kart. Lina se ríe fuerte y alto, como mi mamá.

Lina es muy de dar besos y de tocar. Pero si yo no quiero dárselos, no se enfada… Me da uno en la cabeza y me sonríe. A veces pienso que Lina es como una segunda mamá. Es buena, es lista y se ríe muchísimo. Además, a ella nunca se le ocurriría dejar a un bebé solito en el sofà…

Mi mamá la llama Mary Poppins. Algo de razón llevará. Aunque Lina no canta tan bien como la de la película, siempre consigue que le haga caso con sus juegos y sus risas. Me dice las cosas despacito y una a una. Lina me ayuda a hacer mis tareas: guardamos el abrigo, colgamos la mochila, recogemos los zapatos… Y siempre, siempre, encontramos un rato para jugar, que no es fácil, con tanta tarea. Magia, yo creo que también hace magia, como mamá.

El otro día me di cuenta de una cosa, me parece que Lina también hace de canguro de mi mamá. Creo que los mayores también necesitan a su Mary Poppins. Alguien que les cuide, les escuche y les diga ‘ ya está, ya está’. Mi mamá nos cuida mucho a nosotros y hace de todo solita. Me da lástima que tenga a su mamá tan lejos. El otro día le puso aceite al coche en una gasolinera. Unos camioneros muy simpáticos la aplaudieron. Luego pensé, en lugar de aplaudir, la podrían haber ayudado, no? Aunque no hizo falta, mi mamá siempre se apaña, nos mira, se rie y consigue arreglarlo todo. Voy a aprender a arreglarle el coche. Por ahora intento darle muchos besos, sé que le encantan!

Los martes viene Lina. Ella y mamá siempre se escapan a la terraza un ratito a contarse sus cosas y se ríen mucho. Me di cuenta que Lina le dió un abrazo muy largo y mi mamá sonrió. Me pareció que estaba más contenta después del abrazo. Deseo con todas mis fuerzas que Lina nunca se marche como lo hizo Mary Poppins. A Berta y a mi nos hace falta, pero creo que a mi mamá más…

Gerardo Petardo

MAMÁ PETARDO DICE MÁS…

Creo que yo también fui una ‘niña petardo’. Por aquel entonces los ‘niños petardos’ no teníamos diagnóstico. Nadie nos prestaba demasiada atención, sólo para echarnos alguna bronca de vez en cuando. Nos llamaban ‘niños muy movidos’. En realidad, no hacíamos ningún mal a nadie. Sólo dábamos un poco más de guerra. En el colegio siempre nos sentaban muy cerca del profesor y con algún compañero al que no le gustara hablar, huesos duros de roer, nada que hacer con ellos por más temas que uno se esmerara en sacar. En casa, sobrevivieron. Les di trabajo, si. Pero no fue un drama. También les di risas y alegrías. Se acostumbraron a lo que el doctor Tosas no quiere que yo me acostumbre ahora.

Recuerdo mi infancia de una manera muy feliz. Me recuerdo como un ser inquieto y muy parlanchín. Me pienso como alguien cargado de una dosis de optimismo un poco desmedido. Y, me pregunto, si algo de esa ‘niña petardo’ sigue vivo en mi.

La semana pasada me di con la puerta del maletero en la ceja. Lo curioso del incidente, no fue el dolor, ni la sangre, ni los dos puntos que me dieron, que, a decir verdad, me daban un aire muy divertido. Lo más gracioso fue la reacción de Lídia, mi compañera de trabajo. A parte de mandarme al hospital de cabeza, me soltó: ‘no sé quién es es más petardo, si Gerard o tu’.

Fue un comentario desde el cariño y sin ninguna importancia aparente. Pero, al recordarlo, me doy cuenta de la carga de significado que había en él.

Fui como Gerard, muy intensa. Hablaba mucho, muchísimo, tal vez demasiado. Esa parte sigue ahí, aunque he aprendido que el resto del mundo a veces necesita mi silencio. Me reía a carcajadas, sigo haciéndolo (por suerte), aunque trato de evitar, cuando lo recuerdo, enseñar mis dientes apiñados. Toco, toco mucho… se que a veces es demasiado. No puedo evitarlo! Creo que es un acto reflejo. Necesito sentir el tacto de la gente. Es una manera de decirles que estoy allí, cerquita… y que quiero que ellos también estén. Con los años, he comprendido que hay gente que tolera mejor que la toquen que otra. Intento no agobiar. Mi cabeza sigue a mil, siempre, por fortuna. Bueno, no sé si llamarlo fortuna. Si mi cabeza no fuera tan rápido y no estuviera en tantos lugares a la vez, posiblemente, la habría movido de delante del maletero justo cuando debía y me habría ahorrado los dos puntos. Pero, pensándolo bien, me habría perdido la aventura del hospital… Definitivamente, mi ‘niña petardo’ sigue ahí. Y creo que Gerardo Petardo se parece más a Mamá Petardo de lo que parece.

Deseo que Gerardo Petardo corra la misma suerte que yo. Me da que en este momento lo va a tener más difícil. Intentamos que nadie salga del patrón establecido, nos las damos de sociedad inclusiva y, paradójicamente, nos hinchamos poniendo etiquetas, recetando ‘vitaminas’ y tratando de ‘domesticar’ a los que no encajan o no quieren encajar.

La primera vez que intentaron ‘domesticar’ a Gerardo Petardo juraría que me dolió más a mi que a él. Fue en una representación escolar, cuando mi pequeño dragón contaba sólo cuatro primaveras. No pasó nada grave, sólo que, Gerardo Petardo se salió un poco del guión. Estaba contentísimo, eufórico y se puso a reír y a dar saltitos. Los demás niños, como era de esperar, se apuntaron a la fiesta. Fue sin duda uno de los espectáculos de guardería más divertidos que se haya visto! Aunque, cierto es, que no todas las personas están preparadas para un cambio de guión sin previo aviso. Al terminar la función, vi a Gerard a un lado, con la maestra. Ponía cara de susto y de no entender nada de lo que le estaban diciendo. Estaba quieto y, juraría que, muy pálido. Tener cuatro años no le sirvió de atenuante, al pobre le cayó la pena máxima. En la grabación que hicieron más tarde a puerta cerrada para el DVD que nos regalaban, previo pago, le quitaron el papel en la obra. No lo dejaron aparecer. Quisieron darle un escarmiento por estar contento.

Fue tan grande mi sentimiento de impotencia, transformado en ira, que no pude evitar lanzar un rugido feroz en forma de pregunta a la tutora. Pregunté si a Biel, el que lloraba desconsolado, también le habían despedido del reparto. A Biel, no. No pudo evitar llorar, tenía miedo. Entonces pregunté si se castigaba la alegría pero no el miedo. No supieron qué decirme. Normal, no había nada que contestar. Y, reconozco, que cuando una madre de dragones se enfada, es mejor no hablar. Así, como Gerardo Petardo. Mamá Petardo tampoco es amiga de los grises. Mamá Petardo, vive las cosas de una manera un poco intensa. Mamá Petardo es una madre de dragones y a los dragones, raras veces se les puede someter.

Yo no fui a re-educación y no tomé ‘vitaminas’. No me ha ido mal del todo. Si lo hubiera hecho, que habría pasado? Quién sabe. Pero no me sometieron. Tal vez me ‘domesticaron’ sin que me diera cuenta, tal vez crecí, tal vez el mundo y yo hicimos un trato.

Mamá Petardo